martes, 24 de octubre de 2017

Arte, mujer y el Old Boys’ Club de Canarias: la culpa no es de los comisarios.


El Old boys’ Club es un viejo sistema informal por el cual el poder, de todo tipo (económico, cultural, social, etc.), es retenido por hombres blancos de clase acomodada a través de relaciones incestuosas entre ellos. No es necesariamente intencionado o malvado, pero la red de Old Boys ha frenado históricamente, y sigue haciéndolo, a muchas mujeres (entre otras minorías) y ha impedido, conscientemente o no, que ellas tengan éxito, visibilidad y acceso real a la igualdad.  Ese “club de hombres” también existe en Canarias, y en el mundo del arte es especialmente poderoso.

Quiero dejar fijada mi posición personal, después de semanas de polémica, en torno a la llamada “exposición misógina”, comisariada por Fernando Castro Borrego y Andrés Sánchez Robayna, cuya denominación oficial es 'Pintura y poesía: La tradición canaria del siglo XX', que fue expuesta en el TEA a lo largo del verano de este año 2017 y esa posición personal se resumen en una frase: la culpa no es de los comisarios, es de quienes los contratan.

La semana pasada, en esta convulsa y fragmentada España, el representante de la Hispanic Society of America, Philippe de Montebello, en su discurso al recoger el premio Princesa de Asturias señaló algo que creo que viene muy bien recordar aquí porque tiene mucho que ver con la necesidad de igualdad de la mujer en el arte: Los museos y bibliotecas son los depósitos de los más altos logros de la humanidad. Son instituciones que deben facilitar el entendimiento de la diversidad cultural. Cualquier investigador que pretenda hacer un trabajo serio en la actualidad tiene que saber que el olvido de una parte importante de la sociedad (las mujeres) es una triste forma de barbarie.

No creo que los comisarios sean machistas o misóginos en sí mismos, esto también quiero aclararlo, simplemente creo que sus prejuicios inconscientes y la inercia de lo que es habitual, en su vida y en la historia, les ha llevado a ignorar a la mitad del talento artístico y literario que hay en Canarias. Al menos han ignorado, ambos, a la mitad del talento existente, tanto en pintura como en poesía, durante los últimos 40 años de historia de las islas. ¿Cómo es posible que, con iguales cualidades cerebrales científicamente demostradas y con igual libertad para crear tras la democracia no haya nada reseñable para estos dos comisarios?  

Cuando hay concursos de méritos objetivos, en cualquier materia, hay igualdad. Cuando se trata de acceder a la carrera judicial, o de los exámenes de MIR, o a los puestos de funcionarios hay igualdad. Cuando se trata de exámenes en la universidad hay igualdad, y la representación femenina crece exponencialmente, pero cuando es el club de hombres el que decide, cuando no hay condiciones de partida similares, es cuando se produce la desigualdad. Luego el talento está ahí.

¿Por qué entonces tanta desigualdad? Porque los sesgos androcéntricos están presentes en las decisiones de los comisarios, que conscientes o no, otorgan al varón, y a su punto de vista, una posición central en la cultura y la historia del siglo XX en Canarias.

El problema pues es la actitud de desvalorización de lo femenino. Y el resultado es que los orgullosos y creativos logros de la mitad de los creadores de Canarias, las mujeres, quedan en el olvido.

Está científicamente demostrado que no existe ninguna particularidad específica en el cerebro de las mujeres que las haga inferiores o menos capaces de crear y, por tanto, podemos afirmar que no existen cualidades exclusivas de feminidad en el arte que lo hagan inferior. Evidentemente ser mujer puede influir en la producción artística, de la misma forma que puede influir la orientación sexual, la clase social, la raza, la educación o el lugar de nacimiento. Todo el corpus de conocimiento científico-feminista creado con las últimas décadas ha ido afianzando y demostrando que las mujeres somos, como mínimo, igual de capaces en todos los campos, y aunque hemos ido avanzando desde lo marginal a lo legítimo, sin embargo, la Historia del Arte se sigue presentando en pleno siglo XXI como la historia de la genialidad individual occidental, y por encima de todo masculina, como si aún siguiéramos siendo cavernícolas.

Las leyes de las que nos hemos ido dotando entre todos a lo largo de estos 40 años de democracia, están para cumplirlas o cambiarlas, y mientras no se cambien toca cumplirlas, y esas leyes nos dicen, desde el artículo 9.2 de la Constitución, hasta el artículo 26 de la Ley de Igualdad, que es necesaria y urgente la puesta en marcha de estrategias más inclusivas, políticas que aboguen por la normalización y la incorporación de la producción cultural y artística de las mujeres a los museos y a la programación cultural de Canarias, y que engloben todas las narrativas históricamente excluidas.

En el mundo privado, estos comisarios y otros, pueden exponer y publicar lo que quieran, son libres de hacerlo, pero en este caso concreto estamos hablando de dinero público y cuando se trata de gastar el dinero de todos ninguna política es neutra, y si no lleva la perspectiva de género sencillamente es una política ciega e injusta. Es ilegal.

Por eso, y volviendo a mi tesis de partida, creo que la culpa no es de los comisarios, sino de quienes los contratan sabiendo cómo es su particular visión del mundo. La culpa es de los poderes públicos que no promueven suficientemente las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva; la culpa es de los poderes públicos que no se molestan en remover los obstáculos que impiden o dificultan esa igualdad. Es necesario aplicar medidas de género en toda acción política, poner en marcha políticas y acciones positivas que consigan que, desde distintas posiciones de partida, se lleguen a resultados equivalentes. Es urgente colocar la igualdad en el centro de la política. Se requiere representación equilibrada en los órganos de decisión, en los comisariados, y se requiere penalizar las conductas discriminatorias. Se requiere democratizar los espacios públicos de verdad, y una redistribución de los recursos económicos y oportunidades existentes más equitativa entre ambos géneros. No se trata de “colocar a las chicas”, no es que los hombres “coloquen” a sus chicas en algún “anexo”, se requiere equidad, y buscar mecanismos para compensar todo el tiempo perdido, para vencer la inercia, se requiere dar estímulo y reconocimiento a la mitad del talento de la población en la misma medida que se otorga a la otra mitad. Sé que no es fácil, y un primer paso ha sido, por parte del Gobierno, escuchar y parar la barbarie de este olvido. Pero no es suficiente.


Dulce Xerach, 24 de octubre de 2017.