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martes, 10 de agosto de 2010

Con Don Juan Marichal, tomando café..

Se nos ha ido Don Juan, me sumo recordándolo, a lo escrito por 
Carmelo Rivero en la web de la Televisión Canaria, 
un artículo muy lindo:

En la ‘vecina’ América ha muerto un canario que nunca deberíamos dejar de recordar. Y leer. Ha muerto Juan Marichal. Don Juan. En Cuernavaca (México), esta madrugada, a la edad de 88 años, muchos más de los que supuso cuando su incesante salud delicada le dio los primeros avisos, hace décadas. Un día, después de una entrevista larga sobre los exilios de su biografía, me dijo que nunca consentiría el consejo de un médico que le invitara a renunciar al café. “¡Es la gloria, la vida! ¡Cómo voy a dejar de tomar mi café de toda la vida!”
Cualquiera que tuviera acceso a él, una vez persuadido de que se trataba de un eminente catedrático de Harvard y uno de los intelectuales más sobresalientes de la España del siglo XX, habría regresado del encuentro no dando crédito a esa experiencia, porque habría hallado a un hombre en exceso sencillo, presto a escuchar, que apenas levantaba la voz como hablando al oído, para decir lo justo y no dejar escapar la sensación de estar ante un sabio. Don Juan Marichal era un canario sabio. Ha muerto un paisano irrepetible, uno de los escritores y pensadores más importantes que ha dado Canarias en toda su historia, y, sin duda, el mejor abogado de Juan Negrín, que ayudó a salvarlo de las mazmorras de la desmemoria. Marichal no toleraba que el fisiólogo canario que presidió el último gobierno de la II República permaneciera proscrito en los zótanos de una ominosa leyenda negra, en su opinión completamente infundada. Me dijo en otra ocasión: “Cuando lo conozcan de verdad, descubrirán a uno de los mayores estadistas de España y Europa”. Con la misma pasión por la República, desempolvó la obra de Azaña, su gran contribución al pensamiento político español.
Marichal era un canario sin complejos, que se abrigó con la manta esperancera para combatir el frío de Harvard durante cuarenta años (1948-1988). Tenía claro quién era y quiénes somos los denominados canarios, este pueblo falto de un sentido y un sentimiento de ser, el que necesita para no sucumbir a sus miserias cainitas y para negociar el futuro con grandeza. A los autores de un libro maldito, ‘Natura y Cultura de las Islas Canarias’ (Pedro Hernández, padre y coordinador de la ‘criatura’ nunca lo olvida), les puso una mano en el hombro y les escribió el prólogo que indultó la segunda edición de la obra, pues, una vez apadrinada por su autoridad moral, quedaban en ridículo todos los detractores que temían los efectos imprevisibles de la exhumación histórica del guanche. Vienen ustedes a hacer la “nueva conciencia canaria”, les dijo Marichal, con la resonancia de Unamuno, que demandaba un esfuerzo parecido para salir del letargo y la ‘soñarrera’ del insular apartado.
La imagen que me aflora ahora que don Juan hace unas horas que no está es la de él y Solita Salinas (hija del poeta Pedro Salinas) cruzando de la mano la calle Méndez Núñez, a la altura de la palmera, donde hoy se dibuja la plaza de Pepe Dámaso a Pessoa, para subir al hotel Mencey. Eran como dos chiquillos, ya con edades avanzadas, una pareja de abuelos adolescentes inseparables, dos personas tiernas. El hijo de Marichal, Carlos, lo cuidó hasta esta madrugada en su casa de Cuernavaca, ya viudo y esperanzando de volver junto a Solita, y esta mañana, cuando la noticia cruzó el Atlántico, le contó a Juan Cruz (que era amigo y fan de este ídolo alérgico a la fama), que, en los momentos finales, le dijo al padre que fuera a las islas encantadas a regresar junto a la madre, su esposa. Así que seguirán cruzando de la mano las calles de las islas encantadas.
Don Juan era muy tímido. Tenía dificultades para soltarse en una conversación, cuidaba el lenguaje con mimo y hablaba, desde la condición de un profesor bilingüe exigente, midiendo hasta tartamudear las palabras en español. Introvertido como Anthony Perkins e irrefutable en todo lo que decía, pasaba con él lo mismo que con María Rosa Alonso: uno quería que no dejara de hablar nunca. Era Premio Canarias de Literatura y Premio Nacional de Historia, por su obra titulada ‘El secreto de España’. Había sido discípulo de Américo Castro y revisitaba continuamente a Ortega y Gasset.
La última entrevista que le hice estuvo precedida de otra de ésas que también dejan huella: entrevisté primero a Guillermo Cabrera Infante y, acto seguido, a don Juan Marichal. Dos voces hispánicas. Dos celebridades de una misma lengua, de dos islas, hablando en Santa Cruz acerca de la vida, la literatura, América, Europa, el tabaco y el café. No cuesta trabajo imaginarse a don Juan enfundado en su manta esperancera desmintiendo en la otra orilla con una taza de café humeante en la mano que sea cierto que haya muerto. ¿Qué otra cosa, si no, son, como él decía, la gloria y la vida?"

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